La Importancia de la Interculturalidad en la Salud, Inclusión y Competencias Interculturales



Recientemente visité a mi doctor de cabecera: El Dr. Guillermo Oramas. Establecido en Coyoacán, pero cubano de origen, desde que lo conocí, no tuvo reparo en contarme acerca de su arduo trabajo médico en los lugares con más conflictos sociales y situaciones de tensión y emergencia de América Latina. Esa mañana, había tenido la suerte de que mi gato Orégano estornudara en mi cara, lo que provocó una fuerte infección en mi ojo izquierdo. Pensé lo peor, sin embargo, el doctor Oramas me dijo con su ya muy familiar y profundo tono de voz: “Anda, ve al mercado por un poco de azúcar mascabado, mézclalo con agua y enjuaga tus ojos tres veces al día”. Por increíble que parezca, al tercer día, mi ojo ya estaba como nuevo.

Parece ser que la salud pública continúa enfrentándose a innumerables desafíos, especialmente si hablamos de México y América Latina, donde para poder ofrecer una buena atención médica, es necesario integrar varios componentes y competencias interculturales que agrupen con éxito los conocimientos médicos, las creencias populares y las prácticas ancestrales tradicionales. Más que nada porque las múltiples culturas se destacan por sus atributos propios, como la espiritualidad, a través de creencias, ritos, sistemas de valores, ideales y derechos fundamentales que hacen posible la expresión, el discernimiento, la percepción y la toma de conciencia sobre la propia realidad.

Por desgracia, esta misma diversidad cultural también ha provocado un contraste socioeconómico bastante marcado que restringe el acceso a varios servicios de salud, dañando principalmente a los grupos más vulnerables como las comunidades indígenas y la población de zonas rurales.

Es un hecho que la diversidad cultural debe respetarse, ya que las innumerables prácticas tradicionales de salud están repletas de conocimiento, sabiduría, intuición y riqueza natural, los cuales siempre han estado noblemente al alcance de todos y al servicio de la humanidad, de ahí que las nuevas y diversas estrategias, planes y proyectos institucionales apuesten por ofrecer un tipo de asistencia que respete los derechos humanos, la interculturalidad y la inclusión.

Si lo pensamos bien, actualmente la ciencia y los saberes ancestrales no están peleados por completo, pues comparten tratamientos, fórmulas, métodos y procedimientos naturales de origen que funcionan como perfectos auxiliares para mitigar, calmar y sanar diversas afecciones.

Ahora, si realmente lo que se busca es el respeto por la diversidad cultural, es absolutamente necesario ofrecer un acceso íntegro, justo, humano y equitativo a los servicios de salud. Actualmente, muchas comunidades ya han consentido con bastante conformidad ante las diversas alternativas diagnósticas, así como ante los procedimientos contemporáneos más avanzados que son absolutamente imposibles de realizar en la lejanía de sus zonas de origen.

La interculturalidad y la salud deben estar en constante conexión con la seguridad, la protección, el apoyo, la confidencialidad y el derecho a la información, para ello, es necesario que los profesionales de la salud como médicos, personal de enfermería, farmacéuticos y proveedores de servicios, cuenten con adecuadas competencias interculturales a nivel monocultural, intercultural y transcultural, que permitan una comunicación efectiva y respetuosa con personas pertenecientes a todas las culturas, incorporando la pertinencia cultural y lingüística, el diálogo de saberes y la formación profesional de vinculación con la comunidad, adaptando un modelo asistencial que respete dicha diversidad, sensibilizando a la población y cuidando de sus derechos más fundamentales como la salud y la seguridad.

Dicha pertinencia cultural es una cualidad contextual, intersubjetiva e históricamente situada que toma en cuenta las peticiones, requerimientos y expectativas reales, partiendo desde lo individual, lo que implica tomar en cuenta las particularidades de la población a la que se atiende en función de su cultura y contexto social, estableciendo una relación solidaria que siempre es mutua, horizontal y empática. Como podemos observar, la cultura forja el comportamiento de las personas y la relación con su entorno, por lo que sería ideal que los servicios de salud se enfoquen en desarrollar un modelo salugénico de concepción dinámica y multidimensional incluyente, personal y respetuoso del saber ancestral que cuide del bienestar de toda la comunidad sin vulnerar los valores culturales ni la tradición.

De acuerdo con todo lo anteriormente mencionado, la interculturalidad implica y compromete el fomento a las relaciones, convenios e intercambios referentes al conocimiento, razonamiento, métodos, prácticas y principios de vida con tendencia a la mutua comprensión y a la convivencia en sana armonía. Ello, por supuesto, no significa el reconocimiento ni la incorporación de lo diferente, sino más bien, se trata de un proceso de negociación y correspondencia, donde lo propio no pierde lo suyo, sino que aporta a la creación de un nuevo entendimiento, colaboración, apoyo, compañerismo, respaldo y unión.

Entonces, la interculturalidad en la salud plantea una acción mutua entre la medicina tradicional y la occidental, de manera que ambas se complementen con la finalidad de construir soluciones ante los problemas, así como también por una mayor receptividad por parte de las personas. Ahora ¿Cómo es que todo ello influye en el desarrollo humano? Pues, el intercambio entre culturas en un plano de igualdad y en el que ninguna de ellas es considerada inferior o superior, lo enriquece todo, bien dice aquella sabia frase: “Solos llegamos más rápido, pero juntos llegamos más lejos”.

La relación de la salud con la cultura es tan estrecha que incluso la Organización Panamericana de la Salud (OPS) reconoce la necesidad fundamental de tomar en cuenta las diversidades sociales, étnicas y culturales para crear políticas y servicios de salud de fácil acceso para las poblaciones enteras. Su influencia en el desarrollo humano y crecimiento personal es tal que, cuando es practicada, es notable el aumento de la sinceridad, la responsabilidad y la tolerancia entre las personas, así como la formación de canales de comunicación mucho más directos y eficaces, el fomento a la colaboración mejorando el trabajo en equipo, el desarrollo de lazos de amistad y fraternidad, la creación de un sentido de pertenencia y la mejora de la autoestima que da origen a innumerables y nuevas perspectivas.

Como podemos observar entonces, la estrecha relación entre la salud y la cultura, así como su ineludible influencia en el desarrollo humano es compleja pero absolutamente inevitable en una sociedad en la que los seres humanos actuamos partiendo desde nuestra propia cultura, un componente subjetivo imposible de pasar por alto, a menos que sea observado desde un punto de vista desinteresado y poco apasionado.

 

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